Hubo un momento en la Cordillera de los Andes — no voy a romantizarlo demasiado, fue en un paso de alta montaña a casi 4.000 metros, solo, con el viento en contra y con las piernas diciéndome que ya era suficiente — donde entendí algo que no había podido entender ni en la universidad ni en años de práctica clínica.

Entendí que la tranquilidad mental no es un estado que se alcanza pensando. Es una capacidad que se entrena en condiciones reales de incomodidad.

Eso cambió cómo entiendo la psicología. Y cómo trabajo con las personas.

El problema con la psicología de escritorio

La formación en psicología clínica es, en su mayor parte, una formación para entender. Entender los mecanismos del trauma, los patrones relacionales, las estructuras de personalidad. Y ese entendimiento tiene un valor real — no lo descarto.

Pero hay algo que el entendimiento no entrena: la capacidad de estar con lo que es incómodo sin escapar.

La montaña no negocia. El agua fría no negocia. La soledad de un viaje en otro país, donde no conoces a nadie y tienes que arreglártelas con lo que llevas, tampoco negocia. En esos contextos no puedes intelectualizar. No puedes refugiarte en la teoría. Tienes que estar presente o no funciona.

"En la montaña no puedes hablar de tus emociones. Tienes que gestionarlas en tiempo real o te quedas tirado."

Lo que la neurociencia llama regulación emocional top-down — controlar las emociones con el pensamiento — tiene límites bien documentados bajo condiciones de estrés intenso. El prefrontal se desactiva parcialmente cuando el sistema de amenaza está muy activado, y la regulación cognitiva pierde efectividad. Lo que funciona en esas condiciones es la regulación bottom-up: la que viene del cuerpo, la respiración, el movimiento, la presencia física.

Fuente: Van der Kolk, B. (2014). The Body Keeps the Score: Brain, Mind, and Body in the Healing of Trauma. Viking.

Lo que el cuerpo en movimiento enseña

El neurocientífico John Ratey, de Harvard Medical School, dedicó años a investigar el efecto del ejercicio físico sobre el cerebro. Sus conclusiones no son las típicas del discurso de "haz ejercicio para estar bien". Son más específicas y más radicales:

El movimiento físico sostenido activa la producción de BDNF (factor neurotrófico derivado del cerebro) — una proteína que Ratey llamó "Miracle-Gro para el cerebro" — que promueve la creación de nuevas conexiones neuronales, mejora la capacidad de aprendizaje y tiene efectos antidepresivos tan significativos como los fármacos en casos de depresión leve a moderada.

Fuente: Ratey, J. & Hagerman, E. (2008). Spark: The Revolutionary New Science of Exercise and the Brain. Little, Brown.

Pero más allá de los efectos bioquímicos, lo que el movimiento en condiciones exigentes — montañismo, natación en aguas abiertas, deportes de resistencia — desarrolla es algo que los psicólogos llaman tolerancia a la incomodidad: la capacidad de permanecer en un estado difícil sin necesitar salir de él de inmediato.

Esa capacidad es, en mi experiencia clínica, una de las más subentrenadas en las personas con dificultades de salud mental. Y es una de las más difíciles de desarrollar solo en el consultorio.

La soledad como laboratorio

Viajo solo. Lo he hecho desde los veinte años. Y no porque sea un solitario de naturaleza — disfruto genuinamente del vínculo con otros. Lo hago porque el viaje solo me pone en una condición que no puedo simular de otra manera: estoy conmigo mismo, sin la posibilidad de escaparme hacia afuera.

La psicóloga Ester Buchholz investigó durante años lo que ella llamó "la necesidad de soledad" — argumentando que la cultura occidental, con su énfasis en la conexión social constante, subestima el valor formativo de la soledad elegida. Sus investigaciones indicaron que la soledad procesada de manera activa — no como aislamiento sino como tiempo de presencia con uno mismo — es esencial para la integración psicológica y el desarrollo de identidad.

Fuente: Buchholz, E. (1997). The Call of Solitude: Alonetime in a World of Attachment. Simon & Schuster.

En términos prácticos, lo que el viaje solo me enseñó es a distinguir con más claridad mis propios pensamientos de los pensamientos que son respuestas a los pensamientos de otros. Cuando no hay nadie con quien dialogar, te queda lo que genuinamente piensas — y muchas veces eso es más sorprendente de lo que esperabas.

"Viajar solo no es huir. Es ir a buscar lo que la vida social normalmente entierra: tu propia voz, sin el ruido de lo que otros esperan de ti."

La tranquilidad mental como entrenamiento, no como logro

Lo que más me enorgullece de mi propio proceso no es lo que sé. Es la tranquilidad que he desarrollado frente a lo que no sé, frente a lo que no puedo controlar y frente a lo que duele.

Esa tranquilidad no llegó de golpe. No fue el resultado de un insight en terapia ni de un libro que cambió mi perspectiva. Fue un entrenamiento gradual, acumulado en cientos de situaciones donde tuve que quedarme presente en vez de escapar — en la montaña, en el agua, en la consulta con pacientes que me desafiaban, en decisiones que no tenían respuesta clara.

La investigadora Barbara Fredrickson, de la Universidad de Carolina del Norte, documentó lo que llamó la teoría de ampliación y construcción de las emociones positivas: los estados de calma, gratitud y apertura no son solo placenteros — activan recursos cognitivos más amplios, mejoran la toma de decisiones y construyen resiliencia a largo plazo de manera acumulativa.

Fuente: Fredrickson, B. (2001). "The role of positive emotions in positive psychology." American Psychologist, 56(3), 218–226.

La tranquilidad mental, en ese sentido, no es la ausencia de dificultad. Es la capacidad de enfrentar la dificultad sin perder el eje. Y esa capacidad, como cualquier otra capacidad humana, se entrena.

Por qué esto importa para cómo trabajo

No soy un terapeuta de escritorio que recomienda más ejercicio a sus pacientes. Soy alguien que ha vivido en el cuerpo lo que le costó entender en la mente — y que por eso puede trabajar con las personas desde los dos lugares a la vez.

Cuando diseñé BetaGym, la idea central no era crear un espacio de reflexión. Era crear un sistema de entrenamiento que pusiera a las personas en situaciones reales de incomodidad, con estructura, con sostén grupal y con métricas que hicieran visible el cambio.

La montaña enseña eso sin diseño. La vida cotidiana, con sus protecciones y sus escapatorias disponibles, necesita que lo diseñes intencionalmente.

Eso es lo que intento hacer con el trabajo que hago. Y sigue siendo lo que me mueve a seguir haciéndolo.

Sobre el trabajo

Conoce BetaGym — entrenamiento humano progresivo

Un sistema grupal diseñado para convertir conciencia en capacidad. Estructura, práctica sostenida y un contexto que no te permite volver al mismo punto.